El segundo factor de presión sobre las universidades
asociadas que se aproximaran al modelo de las empresas económicas fue la
cuestión del gerenciamiento interno de sus actividades. Mientras que en los
Estados Unidos existe una clara separación entre el sector académico y la
estructura administrativa de las universidades, esto no pasa en América Latina,
que sigue, aquí también, la tradición europea. La administración de las
universidades tradicionales se limitaba a definir los contenidos de los cursos
y programas, los mecanismos de admisión de los estudiantes, y gerenciar las
cuestiones de contratación o promoción de profesores. Esto era hecho por los
propios profesores, a través de sistemas de deliberación colectiva que
simbolizaban lo que se entendía por autonomía universitaria. A parir del
Movimiento de la Reforma de Córdoba estas oligarquías de profesores pasaron a
tener también la participación de estudiantes, egresados, y, más recientemente
en algunos países, representantes de los empleados administrativos y técnicos.
Los puestos de dirección - rectores, directores, jefes de departamentos o
institutos - siguen siendo llenados por profesores de prestigio, que reducen
sus actividades académicas para atender a las necesidades de administración, o
terminan por especializarse en administración y política universitaria, y ya no
vuelven más a sus actividades académicas anteriores.
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